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lunes, 7 de septiembre de 2015

EL DUENDE QUE NO QUERIA SER AZUL - CUENTO PARA NIÑOS

Hace ya un tiempo me presenté a un concurso que hacía la sección de pediatria de un hospital La intención era publicar un cuento para regalarselo a los niños que estaban malitos y se quedaban ingresados.

Y gané el premio con este cuento...

Espero que os guste...


EL DUENDE QUE NO QUERIA SER AZUL 




Me llamo Alejandro, y soy un niño, como tú. Y no hace mucho tiempo me encontraba en el mismo lugar en el que estás ahora, en el Hospital Medimar. Tenía fiebre, y mi mamá me llevó a que me viera el médico. Como no se me quitaba me tocó quedarme allí un día entero. La verdad es que no me hizo ninguna gracia, porque  me gusta dormir en mi cama, pero mi madre me dijo que era lo mejor y que así tardaría menos en ponerme bueno. Me llevaron a una habitación que tenía un gran ventanal, y a través de los cristales se veía muy bien ese castillo que tenemos en nuestra ciudad, El Castillo Santa Bárbara, seguro que lo conoces. A que es bonito?.

Al rato de estar allí vino una enfermera, me trajo la comida, y como me vio triste mirando por la ventana me dijo:

  

- Ves ese castillo de allí, verdad?

 - Si- le dije-



 - Pues te voy a decir una cosa… ese castillo se encuentra habitado por unos pequeños duendecillos verdes. Muy poca gente lo sabe, y muy poca gente los ha visto, pero... yo en una ocasión sí los vi.

Cuando se fue la enfermera pensé que me gustaría mucho poder ver a esos pequeños duendes verdes para jugar con ellos, pero claro… si tan poca gente los había visto… no iba yo a tener esa suerte!.

Pero… por la noche… cuando me quedé dormido… escuché un ruidito en la habitación y me desperté. Mi mamá estaba dormida, miré alrededor a ver de dónde había venido el sonido y no vi nada. Volví a cerrar los ojos, y al momento… de nuevo escuché. Era como un susurro. Me incorporé en la cama y miré por toda la habitación, no veía nada. Bajé al suelo, me coloqué las zapatillas y me agaché a mirar debajo de la cama.

Y allí estaban!, tres pequeños duendecillos escondiéndose tras la pata de la cama para que yo no los viera. Pero… que raro… la enfermera me dijo que los duendecillos eran verdes, sin embargo… uno de ellos era de color azul!!! Parecía un pitufito en vez de un duende…

- Hola duendecitos  - les dije-

- Hola – me contestaron asustados –

- No me tengáis miedo, no os voy a hacer nada. Pero… ¿Qué hacéis vosotros aquí, os habéis perdido?

- No, contestó uno de los duendecitos verdes, hemos venido a ver al duende sabio, que es como nuestro doctor.

- ¿Doctor? Acaso estáis enfermos? – les pregunté

Los duendecitos, que ya perdieron el miedo, salieron de debajo de la cama y se colocaron frente a mí.

- Pero… ¿es que no me ves? – dijo el duendecillo azul-

- Claro que te veo, ¿qué te pasa? ¿eres tu el que está enfermo?

- Enfermo no, pero… soy de color azul!

- Y eso… ¿es malo? - Le pregunté -

- Pues… es que debería ser verde, como todos los demás. 

-Si, dijo uno de los duendes verdes, y hemos venido a ver al duende sabio, para ver si nos puede preparar una medicina que le devuelva el color verde.

- ¿Cómo el duende sabio? Si esto es un hospital, aquí hay médicos y enfermeras, y curan a la gente, a los mayores y a los niños, pero no hay duendes, y menos… sabios!!!! 


Estas equivocado amigo… - me contestó otro de los duendes verdes – en este lugar claro que hay médicos, y enfermeras, y curan a los mayores y a los niños, pero… ¿tú sabes con que los curan?

- Si- le respondí- los curan con medicinas.

- ahhhh… y… ¿Quién hace esas medicinas, ehhh??? Pues las hace el duende sabio!, o que te creías tu, que las medicinas se hacen solas?

- Anda, pues… no… claro… solas no se hacen, pero… no sabía que las hacían los duendes…

- ¿Y a ti que te pasa que estas tan triste? – me dijo el duendecito zul –

- pues que tengo fiebre, y me quiero ir a mi casa, no me quiero quedar aquí.

- ¿Cómo te llamas? – me preguntó otro

- Alejandro - contesté

- Alejandro… ¿Quieres acompañarnos a ver al duende sabio? Debe de estar en la puerta de al lado, nos equivocamos y entramos en tu habitación, pero no era nuestra intención despertarte…

- Si!, claro que voy con vosotros!.

En silencio, y con cuidado de que nadie nos viera, salimos de mi habitación y abrimos la puerta del cuarto que había junto al mío. Y cual no fue mi sorpresa al encontrarme con una verdadera fabrica de medicinas. Pastillas, jarabes, de todo se podía ver allí. Y montones de alegres duendecillos iban colocando las cajas de las medicinas en las estanterías, preparadas para que los doctores y las enfermeras se las llevaran para curar. Y al mando de todo aquello un pequeño duende de barba blanca. 

- Mira… - me dijo el duendecillo azul.- ese es el duende sabio, vamos a hablar con él.


Al cerrar la puerta tras nosotros, los duendes que allí habían se dieron cuenta de nuestra presencia y todos se quedaron quietos, mirándome asustados. Parecía que nunca hubiesen visto a un niño.

- Es nuestro amigo – dijo uno de los duendes verdes de los que me acompañaban – y guardará el secreto.

Al escuchar estas palabras tranquilizadoras, todos siguieron con su trabajo, menos el duende sabio, que se acercó a nosotros.

- ¿Qué hacéis aquí? ¿Qué os pasa?

- Pues es que no quiero ser azul, quiero ser verde, como todos mis amigos. – Dijo el duendecillo azul –

- Ya veo ya… - respondió el sabio rascándose la barba – ven, que seguro que esto tiene solución.

Y los dos duendes verdes, el azul, y yo, seguimos al sabio hasta un rincón de la habitación. Allí había una mesa y una estantería llena de libros, y el duende sabio colocándose las gafas que estaban sobre la mesa, comenzó a mirar las páginas de uno de los ejemplares.

- ¿Qué buscas en ese libro tan gordo? – preguntó el duende azul –

-Psiiii, silencio, respondió el viejo duende – estoy intentando concentrarme-

Nos quedamos callados, esperando que el sabio encontrara lo que buscaba, y después de un buen rato el anciano duende cerró el libro y nos miró muy serio.

- Ya se cual es la medicina que debes tomar para volver a ser verde como los demás.

El duendecillo azul y sus amigos comenzaron a dar saltos de alegría. Yo pensé que iban a tener suerte y pronto se irían a casa, sin embargo yo me tenía que quedar en el hospital.

- Bien! Bien! Bien! – gritaban los tres amigos mientras danzaban y brincaban-

- No alegraros tanto pequeños- dijo entonces el sabio – porque para poder hacer esa medicina necesito algo que no tengo.

Nos quedamos mirando al  anciano sin entender. 



- Te tienes que tomar un jarabe, pero me hace falta un ingrediente muy especial, unas gotitas de la sonrisa de un niño, así el jarabe será efectivo de verdad.

- ¿de la sonrisa de un niño? – preguntamos los cuatro a la vez.

- Efectivamente, de sonrisa de un niño, de un niño como tu – dijo señalándome a mi –

- pero yo estoy triste, estoy malito y quiero irme a mi casa, no quiero estar aquí.

Los tres duendes amigos me miraron.

- Te necesitamos Alejandro, necesitamos tu sonrisa.

- ¿Y qué puedo hacer yo para sonreir?

- Pues…- dijo el duende sabio mientras se rascaba la cabeza– hacerle caso al médico, a las enfermeras y a tu mamá,, y tomarte las medicinas que te den para ponerte bueno cuanto antes. Con eso ya verás como vuelve tu sonrisa y yo podré coger esas gotitas que me hacen falta para que nuestro amigo vuelva a ser verde como los demás duendecillos.

Y dicho esto nos marchamos los cuatro de nuevo a mi habitación. Yo estaba muy cansado ya y mis pequeños amigos me dijeron que me metiera en la cama que ellos se quedarían en un rinconcito haciéndome compañía. Me acosté y enseguida me quedé dormido.

Durante el día siguiente busqué a mis amigos los duendes por toda la habitación, pero no los encontré. De todas formas me porté muy bien y me tomé todas las medicinas que me dieron.

Por la tarde entró el médico, y le dijo a mi madre que ya estaba bueno y que ya me podía marchar a casa. Me alegré mucho. Me vestí y al ir a ponerme los zapatos, me agaché y allí estaban mis amigos, los dos duendes verdes, el duendecillo azul y el viejo sabio de barba blanca. Una gran sonrisa se dibujó en mi boca, y en ese momento el duende sabio la atrapó con su cuentagotas, la echó en una botellita, la movió y le dio una cucharadita del jarabe al duendecillo azul.



Al momento éste cambió de color, y los tres saltaron y brincaron en silencio.  El duendecillo que no quería ser azul ahora era exactamente igual que sus amigos. Por fin se había vuelto también verde. Moviendo la boca, pero sin hablar, para no ser descubiertos, me dieron las gracias por sonreir, y los vi marcharse contentos también hacia su casa.

Por eso…amigo… sonríe… sonríe., que igual un duendecillo azul necesita de tu sonrisa. 




 
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